¿Quién dijo que la creatividad tiene fecha de caducidad?. Hay quienes creen que la literatura es un juego de jóvenes impetuosos, pero la historia de Ida Vitale nos demuestra que las palabras, como el buen vino, necesitan décadas de silencio para alcanzar su verdadera graduación alcohólica.
Imagina a una mujer menuda, de ojos vivaces y una sonrisa que desafía a los siglos, subiendo al estrado para recibir el máximo galardón de las letras hispanas, el Premio Cervantes, a la edad de 95 años. Ida no llegó allí por azar, llegó cargando una maleta llena de exilios (huyó de la dictadura uruguaya a México), de pérdidas y de una curiosidad botánica por el mundo que nunca se marchitó.
Su escritura no es un desborde, es una destilación. Ida escribe como quién poda un jardín japonés: quita lo que sobra hasta que solo queda la esencia, la luz pura. Su experiencia marcada por el exilio la obligó a reconstruir su mundo a través del lenguaje. Para ella, cada palabra es un organismo vivo que debe ser tratado con respeto y precisión. Escribir a los 90 no es un acto de nostalgia, es un acto de presencia absoluta.
Ida nos enseña que la vejez no es el naufragio de la mente, sino la llegada a un puerto donde se ve todo con más claridad. Su poesía es joven porque es curiosa, es eterna porque no tiene prisa. Mientras el mundo corre tras lo efímero, ella se detiene a observar el vuelo de un pájaro o la textura de una hoja, convirtiendo lo cotidiano en algo sagrado.
Fuente– Letras Mundial
Ida Vitale nacida el 2 de noviembre de 1923 en Montevideo, tiene actualmente 102 años.
Premios: Premio Miguel de Cervantes. Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Premio Internacional Alfonso Reyes.

Foto – Montevideo Portal.
Guper.
