Hacernos cargo de nosotros mismos no es tan simple como suena. La autonomía no se construye solo con decisiones externas – trabajar, vivir solos. elegir caminos-, sino con un movimiento interno mucho más exigente: asumir que nuestra vida nos pertenece y que nadie más es responsable de conducirla. ¿ Por qué cuesta tanto ?
Porque hacerse cargo implica renunciar a algo que, sin notarlo, resulta cómodo: la fantasía de que otro sabe mejor, decide por nosotros o carga con las consecuencias. Mientras alguien ocupa ese lugar, no tenemos que confrontarnos del todo con el error, la duda o la angustia de elegir. Pero esa cesión no es inocente. Cada vez que asumimos nuestra parte, abrimos una puerta. Y esa puerta es, al mismo tiempo, entrada y permiso para que otro se apropie de espacios que nos corresponden.
No siempre lo hace con mala intención. Muchas veces simplemente ocupa, el lugar vacío que dejamos. Así, sin darnos cuenta, empezamos a vivir según deseos ajenos: lo que esperan de nosotros, lo que conviene, lo que » deberíamos» hacer para no perder afecto, aprobación o pertenencia. Y en ese movimiento silencioso nos volvemos rehenes. No de una persona en particular, sino de una lógica donde nuestra voz queda en segundo plano. La paradoja es clara: cuanto menos autonomía interna desarrollamos, más dependientes nos volvemos; y cuanto más dependientes estamos, más miedo sentimos de asumirnos. El círculo se cierra solo. La autonomía no es independencia absoluta ni autosuficiencia rígida. Es la capacidad de elegir, de responder por lo propio y de sostener las decisiones, incluso cuando incomodad o generan conflicto. Implica aceptar que equivocarse también es parte de vivir una vida propia.
Hacernos cargo duele, porque nos deja sin excusas. pero también libera, porque nos devuelve algo esencial: la dignidad de habitar nuestra propia vida desde el deseo propio y no desde el mandato ajeno. Nadie puede vivir por nosotros sin que, de algún modo, se lo permitamos. Y recuperar la autonomía empieza justamente ahí: cuando dejamos de entregar esa autorización sin darnos cuenta.
Eduardo Sosa – Psicólogo clínico.

Guper.
