Los prejuicios suelen presentarse como opiniones firmes, casi evidentes. Creemos que sabemos algo de alguien o de una situación antes de haberla conocido, antes de haberla transitado. Y ese adelantarnos- ese juzgar sin encuentro- es, justamente, lo que los delata.
Muchas veces, se los define como miedo a lo desconocido, y algo de eso hay. Lo desconocido inquieta, desordena, nos saca de la zona segura de lo familiar. Frente a esa incomodidad, el prejuicio aparece como un atajo mental: clasifica rápido, etiqueta, simplifica. Nos da una sensación de control. Pero esa sensación es engañosa. El prejuicio no nace solo del miedo. También se construye con experiencias pasadas no elaboradas, con mandatos culturales, con discursos heredados, con historias ajenas que adoptamos como propias sin revisarlas. A veces creemos estar pensando por cuenta propia, cuando en realidad estamos repitiendo miradas que nunca nos detuvimos a cuestionar. Lo más complejo del prejuicio es que suele operar de manera inconsciente. No siempre somos conscientes de cuánto condiciona nuestra forma de mirar, de escuchar y de vincularnos. Creemos estar reaccionando a la realidad, cuando en verdad estamos respondiendo a una idea previa, a una imagen armada de antemano.
Continuar leyendo «Cuando el juicio llega antes que el encuentro. Psicología.»
